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La hora: Medianoche. El lugar: Uno de los más sombríos establecimientos que la ciudad tiene para ofrecer. La persona: Yo mismo, por supuesto. Durante la mayor parte de una hora me senté allí, tomándome una bebida ocasional del Sea Fizz que me compré hace lo que parecía ser una eternidad. Lo que parecía una eternidad sentado en la más oscura habitación de las profundidades del Club Nocturno latiendo al compás de los corazones colectivos de la clase social baja que agraciaban al mundo con su presencia. Miré a la camarera.

"¿No tuvimos suerte, mejillas dulces?"

"¡No señor, Sr. Misión!"

Moví mi cabeza en un gesto de negación, inclinándome hacía adelante en el taburete de la barra. Las oscuras formas de los moradores del Club Nocturno cambiaron y se deformaron a mi alrededor como la roja bola disco sobre mi cabeza cambiando de color mientras hacia clic al moverse. Nada. Esperé al contacto, y esperé un poco más. Aparentemente habían llegado con los pies fríos en el último segundo. Con los pies fríos, o con zapatos de concreto, como se suele decir por aquí. El blanco al que estaba siguiendo en este caso era un verdadero bastardo, y fue famoso por sacar a mis contactos del camino antes de que tuviera la oportunidad de localizarlos. El tiempo pasó, y moví mi cabeza en un gesto de negación. Otro más, ido, otra alma condenada en este pobre mundo nuestro, un mundo en donde los números de las almas disminuyen lentamente. Pero yo soy fuerte. Tengo que serlo. Pronto, me dije a mi mismo, que encontraría lo que estaba buscando, y salvaría a otro del destino sombrío al cual está destinado.

—-

El rítmico golpeteo de los pies se oía en las calles de la ciudad. Ese sonido no era extraño para mi ya que he viajado antes en ciudades llenas de gente, tejiendo mi camino a través de las multitudes que llenaban los paseos y las calles como la sangre llena las venas. Haciendo mi camino a través de las oscuras calles y las altas paredes, baje mi sombrero de fieltro para cubrir mis ojos. Las posibilidades de ser reconocido entre la multitud eran bajas, pero no soy de esos que toman riesgos.

No, tomar riesgo me haría encontrar a esos dedos largos alrededor de mi cuello.

El Club Nocturno cerró sin que yo tuviera éxito. No hubo ningún contacto que me saludara y me ayudara a recorrer mi largo camino, pero yo sabía otras maneras para encontrar a ese camino hasta mi destino final. Estaba progresando, lentamente, pero tenía que mantener a mis ojos viendo hacía adelante. La siguiente pista estaba bajando la calle, una pequeña tienda francesa de pastelería que era a prueba de errores si fallaba en el Club Nocturno. El contacto trabajaba allí, y si no me lo encontraba ahí lo encontraría en donde solía estar, maldita sea.

El Sol del atardecer cocía a los cafés y a las mercados a un lado de la calle, junto a las multitudes moviéndose sin rumbo por su vida, moviéndose sin rumbo y pérdidas. Pero, yo sabía el camino. El camino hacía mi destino no estaba claro, ni mucho menos era sencillo, pero estaba en el. Solo tienes que encontrarlo. Solo tienes que conocer el camino. ¿Yo? Yo sabía el camino. O un camino por lo menos. Estaba dedicado. Estaba preparado.

Estaba en mi Misión.

—-

Me recosté en mi silla, el avión finalmente rompió la cubiertas de las nubes para ser cubierto por la brillante luz del sol. Primera clase, con mucho espacio para las piernas y reflexionar. Los otros ocupantes de sillas eran en su mayoría hombres de negocios ricos que tenían demasiado dinero como para ser visto fraternizando con la clase baja. Ninguno de ellos me dio una segunda mirada, pero yo estaba perfectamente bien con eso. En su mayoría era unos pendejos con sus narices en el aire y cucharas de plata en sus bolsillos.

El Club Nocturno me había hecho salir del camino, pero logré entrar a el de nuevo, buscando a la rata que asesinó a mi contacto, y yo estaba al compás de nuevo, avanzando hacías el bastardo asesino.

En mi camino, un pasó más adelante hacía mi salvación, en mi más reciente y probablemente último caso. Más y más me acercaba, dando pasos más y más largo cada vez.

Hojeando la revista que tomé en el aeropuerto, vi algunas tonterías sobre la economía mientras mi pensamiento vagaba. Casi sin pensarlo, saqué el reloj de mi bolsillo y lo abrí. Las viejas manecillas hacían clic mientras giraban en un circulo sin fin, casi tan interminable y sin sentido como el mío parecía ser. Era un presentimiento, sin duda, pero no era más significativo que la imagen en el reloj.

La única mujer de la que alguna vez me enamoré.

La Srta. Cariño.

Apagué el reloj apretándolo con mi puño mientras los recuerdos agridulces fluían dentro de mi junto con la ira, la tristeza, la alegría, y lamento que, inevitablemente, él llegará como yo llegaré una vez que complete mi viaje. Redd. Redd. Incluso el solo pensar en su nombre hacía que subiera mi pulso y mis dientes rechinaran de ira. Redd, la única persona que era más hijo de puta que yo.

Moví mi cabeza en un gesto de negación, dejando mi reloj de nuevo en el bolsillo superior de mi traje a rayas. Estaba en mi camino, después del desastre en la ciudad, en mi camino hacía la meta. Pronto, me gustaría llegar a mi meta, para acabar con todo esto. De una forma u otra, pude finalmente dejar a mis memorias de las Srta. Cariño descansar. De una forma u otra, terminaría este largo viaje sin sentido en torno a una línea sin esperanza.

De una forma u otra, alguien va a pagar.


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