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Tengo las piernas largas. Muy largas. Tanto como para estirarme sobre un cañón, cuando yo quiera. Cuando necesito que lo hagan. Y tengo dedos largos también. Los dedos de un pianista o un estrangulador. Largo y delgado. Hecho para estrangular. No para ser un Pianista.

Me rió, sorprendiéndome. Hay pocos motivos para reír en estos días, especialmente por que la Srta. Dulce se fue a la papelera. Solía gustarme la Srta. Dulce. Ella fue amable conmigo. Así que algunos de los otros fueron amables conmigo. Me llamó una ocurrencia tardía. Pero ella fue amable con todos. Pero ya no más.

Mis piernas estiradas, subiendo por las faldas boscosas, mis dedos largos se envuelven entren los árboles y tiran de mi. Yo bastante distante observo como las ramas mueren cuando las aprieto, pero yo ya estoy acostumbrado a eso. Es lo que he hecho después de todo. Matar. Eliminar. Destruir.

Corrijo los errores cometidos por mi creador. Todos ellos. Los eh estado marcando a medida que me voy. Ya casi eh terminado. Todos los diecinueve años.

Me estiro y me retuerzo, sabiendo que voy a alguna parte, pero no ha donde. Bueno, no. Yo sé a donde. A ellos. A todos ellos. Uno a la vez. Pero se mueven juntos ahora. Dibujados tan cerca uno del otro. Tan cerca...

Me pregunto si el Sr. Redd está allí. Nosotros dos tenemos una cuenta pendiente. Y yo tenía dedos muy, muy largos. Dedos hechos para asfixiar, me recuerda a mí mismo.

Largos dedos. Muy, muy largos. Muy listos. Listos para ahogar. Listos para exprimir la vida de cualquiera. Cualquier cosa. Para arreglar las cosas. Para arreglar todo lo que se ha roto.

El Sr. Redd y yo tenemos una cuenta pendiente después de todo.



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