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Anthony se quitó las gafas de sus ojos. Miró al hombre trabajando en la cinta transportadora más cercana. Anthony nunca se había tomado la molestia de aprender el nombre del hombre, a pesar de que han trabajado juntos por casi tres años. No es algo que pasé mucho que digamos en La Fábrica. Los accidentes relacionados al trabajo eran demasiado comunes como para construir una buena relación. Y si no eras una de esas personas que han sufrido un accidente letal, o de los que se lanzaban entre la maquinaria, existía la amenaza constante de que simplemente desaparecieras.

Sin embargo, tras tres años, Anthony seguía vivo. Aún trabajando en La Fábrica en vez de luchar contra los Nazis. Había perdido la mayor parte de su mano izquierda en algún momento, y no podía recordar por completo cuándo o cómo ocurrió, ya que la duración de los cambios hacía que el sentido del tiempo se dilatara un poco. Pero aún seguía empleado. Y también el hombre en la cinta transportadora. A diferencia de la mayoría de empleados, el hombre estaba ileso a pesar de la duración de su empleo. Anthony no estaba seguro de como eso era posible, pero aparentemente había encontrado la manera.

El hombre estampaba la marca de La Fábrica en una serie de contenedores circulares de hojalata que parecían ya estar cubiertos de oxido. Bajaba la palanca y La Fábrica derribaba uno de sus muchos brazos sobre la lata, grabando su logo. Luego, la cinta temblaba brevemente, y una nueva lata se detenía frente a él. Repitiendo la acción sin parar, con ojos desenfocados.

Anthony sintió que un calor sofocante lo envolvía a medida que se ponía las gafas de nuevo. Envolvió un aro brillante alrededor de la cámara cilíndrica y soldó los extremos para reforzar el marco. Soldar con una sola mano y media debería ser casi imposible, pero él nunca sintió que fuera un gran obstáculo. Anthony ni siquiera estaba seguro de qué se suponía que hacía, solo sabía que tenía que cámara central de algo y luego arrastrarla hacia la mujer que le colocaría medidores y tubos. Luego volvería a mirar su estación y habría otra cámara lista para ser tratada. Nunca se molestó en averiguar de dónde salían. Las preguntas en La Fábrica a menudo resultaban en respuestas desagradables.


Fue cerca del final de su turno cuando sucedió. Anthony estaba delirando al punto en el que intentó soldar sin sus gafas. Antes de que pudiera acercar el soplete al metal, una mano se posó sobre su hombro. Giró la cabeza, era el Gerente, quien movió uno de sus muchos dedos como una advertencia lúdica. Anthony se tomó un respiro para darse cuenta de lo que estaba haciendo, y se colocó las gafas sobre sus ojos. Estaba seguro de que sus ojos habían comenzado a hervir, pero también estaba seguro de que, de ser así, el Gerente lo hubiese reprendido de una forma mucho peor. Sintió que el Gerente acarició suavemente su cabeza por un segundo a la vez que lo veía alejarse por los bordes de su visión. Le dio las gracias y lo saludó despreocupadamente con una de sus diversas extremidades.

Anthony estaba a punto de comenzar a soldar correctamente cuando notó que el hombre en la cinta transportadora estaba actuando de manera extraña. Una sonrisa cubría su rostro. Anthony descartó esto, pensando que era una jugarreta de su mente agotada; nadie sonreía en La Fábrica. El hombre se inclinó, rebuscó en su bolso, y sacó dos pequeños robots de juguete. No se parecía en nada a algo hecho por La Fábrica. Eran demasiado brillantes, se veían demasiado nuevos. Colocó uno sobre la consola y pareció susurrarle locuras antes de llevarse al gemelo del robot detrás del Gerente, quien se estaba retirando, dejando su bolsa abierta. El pequeño juguete en la consola giró en dirección a la cinta transportadora y tiró de la palanca, pero no pasó nada. El hombre no parecía haberse percatado en su prisa por hablar con su superior.

El Gerente se dio vuelta cuando escucho los pasos corriendo tras de sí. El trabajo se detuvo momentáneamente mientras todos miraban lo que ocurría. Nada como esto había sucedido antes, al menos no durante sus turnos. El Gerente vio al hombre acercarse y tomó su juguete cuando se le ofreció. Lo examinó de pies a cabeza. Le hizo un gesto al hombre, quien asintió afirmando haber creado a la pequeña maravilla — y muchas otras como esta.

El Gerente sostuvo al juguete en sus apéndices a la altura del ojo del hombre. Anthony hizo una mueca cuando el metal se derrumbó impotente en las manos del Gerente. El hombre tenía una expresión en el rostro como si le hubieran disparado. Levantó sus manos vacías y el Gerente dejó caer la bola de ahora chatarra sobre sus palmas. Con un movimiento rápido, el Gerente dejó caer un brazo y golpeó las manos del hombre. Tanto ellas como el ex-robot cayeron al suelo con un ruido metálico.

El Gerente se dio cuenta de la cinta transportadora abandonada y se dirigió a ella. El hombre recogió los restos de sus manos y los abrazó contra su pecho. Luego siguió al Gerente de regreso a su estación de trabajo. Este último levantó al robot que estaba en la consola y lo colocó sobre la lata en espera. El hombre gritó aterrorizado.

El juguete vio a su creador y a su hermano caído en silencio. Dirigió su mirada hacia el Gerente., quien envolvió uno de sus zarcillos alrededor de la palanca. El hombre cayó de rodillas al suelo, rogándole piedad a su superior, pero fue ignorado. Anthony se inclinó para ver al hombre hurgar en su bolsa, sentado junto a la consola. Sacó un pequeño tubo que Anthony encontraba similar al de la pasta de dientes, sosteniéndola con sus dedos cuáles palillos a un roll de sushi. El hombre masticó la tapa afuera y mordió el tubo, arrojando algo verde-amarillento sobre los muñones que él llamaba muñecas. El hombre jugueteó con los restos antes de meter la bola de metal devuelta en la bolsa. Enganchó su brazo con las correas de la bola y salió corriendo. Anthony notó que las manos del hombre, de algún modo, habían reaparecido en su sitio, aunque no parecían poder moverse. El Gerente observó al hombre correr y disparó lo que parecía ser una pistola de un lugar aparentemente inexistente.

El Gerente habló con unas palabras que Anthony no entendió y apuntó su arma contra el fabricante de juguetes en retirada.

El juguetero dejó salir un grito del que Anthony no entendió su significado, aunque si las palabras.

El juguete respondió ante el grito de su fabricante y, tras abrir una cavidad en su pecho, disparó un cohete contra la cara del Gerente.

El suelo de La Fábrica en la que Anthony se encontraba se sintió rígido. Las cintas transportadoras se detuvieron, los sopletes se apagaron y, por un breve momento, los trabajadores ni siquiera respiraron. Entonces, algo rompió el silencio. Una sola oración, pronunciada por una pequeña voz. Algo que sin dudas estaba dirigido al Gerente moribundo.

"NO INTIMIDE AL HOMBRE TRABAJADOR".

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